En Wall Street hay un término que se repite cada vez más cuando se habla de inteligencia artificial: financiamiento circular. Suena técnico, pero la idea es sencilla. Imagínese que usted es dueño de una ferretería, le presta dinero a un contratista, y ese contratista usa ese mismo dinero para comprarle herramientas a usted. Sus ventas suben, su negocio luce más fuerte que nunca… pero buena parte de ese dinero salió de su propio bolsillo.
Eso, en esencia, es lo que muchos analistas señalan hoy con Nvidia.
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¿Cómo funciona el círculo?
Nvidia fabrica los chips que alimentan la inteligencia artificial. Es, por mucho, la empresa dominante del sector. Pero además de vender chips, Nvidia se ha convertido en uno de los mayores inversionistas de la industria.
En enero de 2026, Nvidia invirtió otros $ 2,000 millones de dólares en CoreWeave, una empresa de computación en la nube que es, precisamente, uno de sus principales clientes. Nvidia ya había acordado comprarle más de $ 6,000 millones de dólares en servicios. Y en febrero, Nvidia colocó $ 30,000 millones de dólares en OpenAI, la creadora de ChatGPT, una inversión ligada a compromisos de compra de capacidad de cómputo.
¿Ve el patrón? Nvidia invierte en una empresa. Esa empresa usa el capital para comprar chips de Nvidia. Las ventas de Nvidia crecen, su acción sube, y con esa fortaleza vuelve a invertir. El dinero da la vuelta.
El director ejecutivo de Nvidia, Jensen Huang, rechaza la crítica. Su argumento es que lo que Nvidia invierte es apenas una pequeña parte del capital que estas empresas necesitan levantar en total. Es un punto válido, y vale la pena tenerlo presente.
Esto no es nuevo: La lección de J.P. Morgan
Lo interesante es que este mecanismo tiene más de un siglo. Para entenderlo, hay que viajar a la Primera Guerra Mundial.
En 1915, Gran Bretaña y Francia necesitaban desesperadamente dinero y suministros para sostener la guerra. Estados Unidos todavía era neutral, pero tenía algo que Europa necesitaba: fábricas, acero, alimentos y municiones.
Ahí entró J.P. Morgan & Co., el banco más poderoso de América. Morgan fue nombrado agente oficial de compras de los Aliados. Y en octubre de 1915 organizó el famoso Préstamo Anglo-Francés: una emisión de bonos de 500 millones de dólares, el préstamo extranjero más grande en la historia de Wall Street hasta ese momento.
Aquí está la clave. Morgan vendía los bonos a inversionistas estadounidenses para recaudar el dinero de los británicos. Y luego el mismo Morgan, como agente de compras, dirigía ese dinero de regreso a empresas estadounidenses: más de 3,000 millones de dólares en armamento, alimentos y suministros. Muchas de esas industrias —ferrocarriles, acero, manufactura— tenían vínculos con los mismos banqueros de Wall Street.
El dinero salía de Wall Street, pasaba por Londres y regresaba a fábricas americanas. Y Morgan cobraba en cada vuelta del círculo.
¿Qué significa esto para usted?
El financiamiento circular no es ilegal ni necesariamente malo. En la Primera Guerra Mundial, ese círculo ayudó a convertir a Estados Unidos en una potencia industrial. Hoy, las inversiones de Nvidia pueden estar acelerando una tecnología que transformará la economía.
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Pero como inversionista, conviene hacerse tres preguntas:
Primero: ¿la demanda es real o fabricada? Cuando una empresa financia a sus propios clientes, sus ventas pueden lucir más fuertes de lo que realmente son. Hay que preguntarse qué pasaría si ese dinero dejara de circular.
Segundo: ¿quién carga el riesgo? CoreWeave, por ejemplo, ha crecido con mucha deuda. Si el ciclo se frena, los eslabones más débiles son los primeros en sentirlo.
Tercero: ¿qué tan concentrado está todo? Cuando pocas empresas se financian entre sí, un tropiezo en una puede contagiar a las demás.
La historia no se repite exactamente, pero rima. Los banqueros de 1915 entendían algo que sigue vigente: quien controla el flujo del dinero, controla el negocio. Reconocer ese patrón es el primer paso para invertir con los ojos abiertos.
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